jueves, 23 de enero de 2014

Solo entran bautizados

Indecopi - Arequipa ha impuesto multas por un total de 191 UIT a los colegios que fueron denunciados por discriminación o cobros indebidos. Aquí la lista de esos colegios y las denuncias declaradas fundadas.

PS: Antes que empiecen a sospechar qué hay debajo de las filas verdes. Son las denuncias que fueron declaradas infundadas o hubo desistimiento.





lunes, 12 de agosto de 2013

Lo que habita adentro


Hemos respirado los aromas del adobo desde que tengo memoria. En casa se ha hablado con pasión de Menelik, ese invencible toro gigante, con nosotros todavía en la cuna. Las acuarelas retratando campiñas han estado siempre en las paredes de mi infancia. 
Crecí en una extraña sucursal de Arequipa. A 550 kilómetros del Misti, frente al mar, mi familia construyó un hogar characato en cada habitación. Mis hermanos y yo heredamos la costumbre de comer rocoto frente a los costeños amigos que no se atrevían. Nos hemos peleado por una camiseta de Melgar cuando niños y hasta hemos bailado carnavales en las fiestas familiares. Todo eso frente al océano Pacífico, lejos del sillar.
Se pronunciaban palabras que sonaban a conjuros: Yanahuara, Socabaya, Paucarpata, yaraví, chojni, alalau, pacpaco, y nos moríamos de risa. Esos trabalenguas fonéticos eran el lenguaje de un mundo al que estábamos conectados por sangre y costumbres. Lo sabíamos y aunque mostrábamos resistencia al principio, poco a poco todo nos quedó claro como el cielo de agosto. Éramos pues, arequipeños nacidos fuera de su lar.
Descubrimos lo que era un Grifo, coronando el escudo de Arequipa, antes de verlo en los libros de mitología. Conocimos a los camarones y su aspecto extraterrestre antes de ver Alien. Entendimos que un queso helado no lleva queso y, más grandecitos, que el anisado podría arrancarnos la vida.
Mario Vargas Llosa lo ha explicado mejor que nadie: “toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia”. Quizás allí habita el atributo más irrebatible del arequipeño en el mundo, su indivisibilidad con las raíces.
Eso explicaría por qué la nevada arequipeña, ese estado de ofuscación aleatoria que puede incendiar el mundo, nos acecha permanentemente, dentro y fuera de los confines de la ciudad. Se entiende entonces la cara de desconsuelo absoluto que pone el arequipeño que vive en Tokyo, cuando, en YouTube, encuentra esa canción de Los Dávalos que le devoraba el recuerdo. Y uno tiene la certeza de que en cada lágrima que se chorrea en el aeropuerto y cada abrazo que se estrecha en el terminal, nace el reencuentro de un arequipeño, no solo con sus seres queridos, sino con la gravedad de su tierra.
Se han cometido barbaridades en nombre de ese amor desmedido, que a veces borra por completo el precario límite entre el orgullo por lo propio y el chauvinismo. Pero también han sabido construirse maravillas que se elevan sobre sillares, fogones, caballetes, danzas y algarabías, cautivando a los que pusieron el hombro para crearlas como a los que son testigos boquiabiertos de un hechizo colectivo.
Arequipa se ha convertido en una ciudad que se multiplica en el corazón de cada enamorado de este suelo. De los tremendos sismos que nos ha tocado vivir (los terremotos no solo son de tierra) se ha levantado siempre una nueva ciudad, una nueva esperanza, un nuevo hogar.
Ese hogar está adentro.

lunes, 17 de junio de 2013

Casi padre


Hace un mes estuve a punto de ser papá. No, no fue un susto. Fue algo premeditado, con fases milimétricamente planificadas para poder traer al mundo al primo de mis sobrinos. Lamentablemente ese intento no funcionó. Así pasa. Dolorosamente tuve que aceptar que este año no me toca regalo en el tercer domingo de junio.
Pero esos días de ansiedad me fueron poniendo en el escenario del porvenir. Empecé a practicar lo inevitable: cambiar mi rutina. Comencé a dormir menos, busqué cajas impenetrables para guardar mis libros y cd más preciados, empecé a hacer inventarios de los muebles de la casa que tenían esquinas capaces de partir crismas y evalué cuáles de los cubiertos podíamos eliminar para quedarnos solo con los que tengan punta roma.
Por supuesto Ella no era ajena a estos preparativos. El debate permanente recaía en el bendito nombre. Ella siempre apostaba por lo familiar, lo tradicional. Yo, poniéndome religioso, quería algo que evocara solidaridad, entrega, hermandad y sacrificio. Ni lo pensé. “Se va a llamar Gokú”, le dije, con solemnidad. El fallo era inapelable.
Lo más contundente vino después. Empecé a imaginar las escenas en las que tendría que responder sus preguntas o enseñarle lo básico para sobrevivir. Imaginaba los diálogos trascendentales qué tendríamos y la forma en que respondería sus preguntas más inquietantes: Papá… ¿quién es Obi Wan Kenobi? ¿Qué es eso de La Fuerza?
Y mis dudas eran mayores mientras las preguntas se las hacía yo a él: ¿Sabrás diferenciar, hijo mío, entre el Super Sayayín 1 y 2? ¿Acaso tendré que leerte cada noche todos los libros de “Canción de Hielo y Fuego”? ¿Qué disco te hago escuchar primero, el “Black Album” de Metallica o el “Use your illusion” de los Guns N’ Roses? ¿Preferirás ser Ironman o Batman a la ahora de los superhéroes?
Estos, damas y caballeros, fueron mis tormentos durante las semanas en que esperaba romper mi juramento adolescente de morir sin descendencia.
Fue allí, en ese territorio de la paternidad futura, que empecé a entender a los amigos que lo abruman a uno con las fotos de sus hijos en Facebook. Hasta intenté tolerar esas historias increíbles sobre las habilidades extraordinarias de los bebés ajenos: “No sabes, mi nene ayer citó a Sartre en su nido”. Sí, todo eso ya no me parecía tan absurdo.
Me toca ahora esperar. Seguir acumulando juguetes y DVD con los dibujos animados de mi infancia para compartirlos contigo algún día. Deberé comprar pelotas y camisetas de nuestro equipo, para que hinchemos juntos cada vez que nos toque ver el partido por televisión, desquiciando a tu madre con nuestros gritos eufóricos. Desempolvar la tabla y las aletas para enseñarte cuándo es el momento exacto de subirse a las olas.
Ya tendremos tiempo, Gokú.