jueves, 30 de agosto de 2012

El olor de los cipreses



Tenía poco más de 5 años cuando vine a Arequipa. Sospecho que mi madre, en su deseo de mantenerse lo más cerca posible de su Misti, me trajo en años anteriores, incluso estando al calor de su vientre. Pero fue a esa edad en la que pude percibir algunas de las cosas que iban a marcar un cariño inmortal por las simplezas de una tierra llena de contrastes.
Nos quedábamos entonces en una casa cerca a la Antiquilla. Nos recibía siempre Flora, granítica ama de llaves que nos perseguía por la casa a mi hermano a mí, sabiendo que nuestra curiosidad era el ingrediente necesario para las armas de destrucción masiva. Pobres floreros. Y en el jardín, enorme como un caballo, estaba Yetro, el primer perro que pese a ser ajeno y distante, quise como propio. Su nobleza peluda no sabía de horarios para jugar y en su perruna habilidad se las ingeniaba para encontrarnos en cualquier rincón de la casa y obligarnos a cambiar de actividad por la de montarlo como corcel. Era pues, un gigante en cuatro patas.
Recuerdo con pavor la sensación del agua de caño a las 5 de la mañana. Ese antártico frío que adormece las manos pero al mismo tiempo genera un extraño masoquismo que permite mantenerse allí, en la caída del agua helada, hasta ver cómo los diez dedos se ponen azules. En serio, adoraba quedarme varios minutos allí (sorry Sedapar) dejando correr ese témpano serrano sobre mis pequeñas manitos costeras. Curiosamente, la aldaba de la colosal puerta de madera de la casa era una mano de bronce, fría y reluciente, como un anuncio de lo que viene luego de estar expuesto a  esa congelación. Un entumecimiento que hacía temer por un futuro en el cual ambas extremidades terminaban como picaportes en los hogares de mi porvenir.
Luego de ese ritual criogénico, corría a la mesa del desayuno a buscar el espectáculo del pan humeante dentro de la cesta de mimbre. Un pan extraño de tres lados con aroma a leña. El placer de abrirlo con las manos todavía frías y sentir cómo la miga se desprendía de ese cascarón dorado es algo que sirvió para ir despertando mi sensibilidad a las delicias de lo cotidiano. Untarle mantequilla y enterarme allí mismo de lo que es un matrimonio perfecto. Un pan de tres puntas con mantequilla, tan extremo en su simplicidad.
Cerca de la Antiquilla queda la Ronda Recoleta, gobernada por un templo católico sin demasiadas pretensiones. Camino a ella, varias casas protegían su intimidad con altos muros hechos de cipreses. Paredes verdes de una textura singular y atrayente. Era sencillamente imposible pasar por allí sin estirar las manos y recorrerlas a todo lo largo, percibiendo las infinitas posibilidades de un árbol que se puede convertir en laberinto. Al final del viaje me frotaba las manos para que escape ese olor a bosque encantado. Allí, entre mis dedos estaba el aroma de mis futuros recuerdos arequipeños.
Cuadras más arriba, una picantería recibía los pedidos histéricos de dos chiquillos (mi hermano y yo, otra vez) que reclamaban por un vaso de chicha de jora fosforescente. Como viejos characatos, dos imberbes iban reconociendo, sin saberlo, una tradición que los atravesaba más allá de la genética. Era un asunto de reafirmar lo que en la lejana casa frente al mar nos iban recordando todos los días mamá, papá, tías y abuelas: te va a encantar Arequipa.
Ya de viejo, es lógico que muchos de esos idilios fallecieran y hayan sido sepultados por la malentendida modernidad. Pero cada vez que me encuentro con los cipreses vuelvo al ritual de extender mi mano de picaporte en busca de esas texturas del ayer, de esas sensaciones de arboleda y cielo azul. Y claro, ese olor regresa a mis palmas convertido en mensajero de otra época, en enviado del pretérito con la carta amarilla de las cosas por las que vale la pena detener el paso. Ni hablar de cada desayuno con el pan triangular que todavía se dejar romper mientras se despide con su crocante sonido.
Todavía están allí esas cosas, esperando volver a encantarme con sus aromas, colores y sonidos. Aguardan por aparecerse en la entrada de mi adultez para empezar a golpear la puerta. Pero claro, es mi propia mano la que, transformada en aldaba, suena contra la madera. Atenderé cuando Yetro deje de perseguirme por el jardín.

Foto: Jorge Bedregal

jueves, 1 de marzo de 2012

Diga 33

Escribo esto al amanecer de mi cumpleaños. “Feliz cumpleeeee” es lo primero que me dicen los amigos que lentamente van dejando sus mensajes en Facebook. Ya casi nadie se da el trabajo de coger el teléfono para escucharnos la voz o chapar un taxi para juntarnos en un abrazo. La modernidad está peleada con el cariño físico.

“Te vamos a crucificar”, me dice el más hardcore de mis hermanos, en clara alusión a la cifra a celebrar. Treinta y tres. La edad del tatito lindo cuando lo clavaron en Jerusalén. Me han dicho que han visto a mi hermano comprando madera, clavos y un martillo en la avenida Mariscal Castilla. Al menos hubieras ido a Sodimac, broder. Igual tengo miedo de salir a la calle.

No celebro por decreto pero acepto regalos. Libros y discos siempre en primer lugar. Entre los utilitarios prefiero que me obsequien calzoncillos y medias. He llegado a tener cajones rebalsando calcetines sin su respectivo par, obligándome a salir a la calle con los pies disparejos, con pánico de que lo notase la cita de ocasión. Eso sí, nunca medias blancas con zapatos de vestir. Solo Michael Jackson puede darse el lujo de hacer semejante cosa y hasta donde sabemos el hombre está muerto.

Cuando los desconocidos me preguntan por la fecha de mi cumpleaños siempre reaccionan igual ante la respuesta: “28 de febrero”, digo. “Uffffff”, agregan de inmediato, como si la fecha fuese un límite extraño, la antesala al 29 bisiesto que solo permite celebrarse cada 4 años.

Wikipedia me sopla que las efemérides del día son, a lo mucho, curiosas. Por ejemplo, en 1525 Hernán Cortés le da vuelta a Cuauhtémoc, el último emperador azteca. En 1935 un tal Wallace Carothers inventa el nylon y seis años más tarde, en la que debió ser una tarde apoteósica, en Bogotá se funda el club de fútbol Santa Fe.

Con los cumpleaños la cosa no mejora mucho. Me sorprende encontrar al rolling stone Brian Jones y a los espectaculares arqueros Sepp Maier y Dino Zoff. Pero luego la cosa transita entre Paul Krugman, economista estadounidense, y Ainsley Harriott, cocinero inglés. Y a mí que las matemáticas no me van y de comida británica solo he probado sus fish and chips, que no es otra cosa que el pescado apanado con papas fritas de toda la vida. Hasta deprime saber que comparto mi santo con Linus Pauling, del que solo sé que es una academia preuniversitaria.

Hoy, mientras espero que mis amigos abandonen la comodidad del mensajito en twitter y decidan hacerme una llamada o, mejor aún, una visita, los huesos me duelen por el frío de los días, aunque no falta el chistosito que le achaca la dolencia al paso de los años. Para rematar la sorna, hoy también es el Día Nacional de Lucha Contra la Osteoporosis.

Pero claro, hoy también cumple años Beto Ortiz, el mejor entrevistador del país. Cumple 44, 11 más que yo. Hasta donde sé, él está en Buenos Aires, Argentina. Tal vez yo deba ir a Buenos Aires, Cayma, para seguir alentando coincidencias.